miércoles, 23 de diciembre de 2015

¡Feliz Navidad!

Canta, ríe, sueña,
y disfruta de verdad,
de todos aquellos momentos,
de alegría y de amistad.

Llega la Nochebuena,
y después la Navidad,
los niños os deseamos, 
toda la felicidad.





Y Vanesa y Lucía también. 







jueves, 19 de noviembre de 2015

Otoño llegó II


En la segunda parte de este centro de interés dedicado al otoño, nos centramos en las frutas y frutos de la estación. Os lo van a narrar los peques:

La primera semana del mes comenzó con la historia de Tana, la castañera. Es un cuento muy apropiado para esta época, que además nos habla de la amistad y el perdón. Lucía nos había enviado al whatsapp este vídeo contando el cuento, para que fuéramos disfrutándolo durante el fin de semana.





Ese día volvimos a escuchar el cuento, centrándonos en los sentimientos y emociones. También hablamos de cosas tan interesantes como la tristeza, la envidia, la alegría, la amistad... Luego el cuento quedó en nuestra biblioteca. Así, cuando nos apetece volvemos a mirarlo nosotros solos, porque nos gusta recrear la historia en nuestra mente y volver a empatizar con Tana y enfadarnos con la ladrona de castañas. Tanto es así que nos ponemos muy serios y la decimos "¡mala, que eres una mala!".


¡Mala, que eres una mala!


Después, Lucía, nuestra educadora, nos preparó unas castañas asadas, como las que vendía Tana. También las puso en cucuruchos de papel y nos decía gritando bajito, “Castañas, castañitas, castañas calentitas, para el niño y la niña”, y nos daba la risa. Luego nos invitó a cogerlas con la mano, pero al principio no nos atrevimos, porque como estaban en una sartén (y nosotros sabemos que los niños no pueden tocar las sartenes) pues nos parecía que nos íbamos a quemar. Pero lo único que quería era que sintiéramos el calorcito de las castañas asadas. Poco a poco nos fuimos animando y empezamos a cogerlas. "No queman", dijo alguien, y entonces ya, ¡hala!, todos sobre la sartén a tocar las castañas. Después nos repartió un cucurucho a cada uno e Israel dijo que las quería comer.

Cucuruchos de castañas calentitas


Así que nos sentamos a la mesa. Algunos niños cogieron las castañas y las mordían y mordían, pero nada. "Están duras", decían. "Lo que pasa es que hay que pelarlas", nos explicó la profe. Pues sí, y, aunque quitarles la piel no es nada fácil, al final resultó una tarea muy entretenida, que, además, nos sirvió para ir ejercitando la motricidad fina. 

Entonces Lucía nos mezcló las castañas asadas y las crudas, luego tomábamos una en la mano y ella nos preguntaba, "¿esta castaña está asada?". Había que responder si o no, y volvía a preguntarnos, "¿porqué lo sabes?", y entonces había que pensar un poco para poder responder. ¡Uff! Eso de pensar, de deducir, de establecer relaciones, hacer inferencias... tendremos que ir practicando...

Hay que decir que a algunos niños no le gustaron las castañas asadas, pero otros se pusieron las botas... ¡Ah! Y un cucurucho con unas pocas castañas lo dejamos colocado en la mesa de estación del otoño.



  
Pelar castañas, ejercicio de motricidad fina










Pues  a mi...

¿Umh! A mí sí me gustan...


Y, como siempre, al terminar recogimos las cáscaras de la mesa y del suelo. Ya sabéis que la pedagogía Montesori aboga por realizar actividades para la vida práctica, que los niños contribuyan a limpiar los espacios que ensucian.


Recogimos todas las cáscaras



Al día siguiente hicimos un descubrimiento muy interesante. ¿Vosotros sabéis para que sirven las esponjas? Claro, para lavarse. Pero nosotros sabemos que también sirven para pintar. Y hasta para hacer torres, como la que hizo Israel. ¡Eso si que es imaginación! Bueno, pues ese día experimentamos un buen rato pintando con las esponjitas y témpera marrón, y cuando ya dominábamos la técnica, pasamos a pintar una castaña enorme. Pero lo que más nos gustó de todo fue que al terminar pudimos fregotear las mesas con estropajo y bayetas.

   
Torre de esponjas, ¡qué imaginación!                                 Esponjitas y témpera marrón



Bayetas y estropajo, lo más divertido


El otro descubrimiento que nos dejó con la boca abierta fue comprobar que el agua donde nos lavamos las manos y limpiamos las esponjas se puso de color marrón. Para vosotros los mayores es fácil de entender, pero a nosotros nos parecía que algo mágico estaba pasando...




En días sucesivos conocimos las nueces y las avellanas. Lucía intentó pelarlas con un cuchillo, como hacíamos con las peras y los caquis, pero los peques enseguida nos dimos cuenta que no era posible. "Claro", nos explicó, "porque las nueces y las avellanas son frutos secos y tienen una piel muy, muy dura que se llama cáscara". Pero, entonces, ¿cómo se comen? Iris nos lo enseñó, porque ella, en casa, come nueces con su abu. Se cascan con una cosa así… ¿con quéee? Bueno, al final con una piedra.

Las nueces y las avellanas no se pelan con el cuchillo
Cascamos las nueces con una piedra



Las nueces están ricas, pero a algunos niños no les gustaron, porque había que masticarlas, y estaban secas. Y las avellanas, Manuela y Leyre recordaron que se las comen las ardillas. Para comprobarlo vimos un vídeo en el ordenador, y sí, es verdad verdadera. Las ardillas comen nueces, avellanas… y también se columpian de las ramas de los árboles y se echan la siesta. ¡Qué bien se lo pasan!



Entonces otro peque se acordó de los osos que habíamos visto en un libro, y también vimos otro vídeo en el que unos osos enormes juegan a pelearse. Luego, todos nos pusimos a andar como los osos, así, con las manos en el suelo y la espalda levantada. Parecíamos osos de verdad. Pero sin pelearnos.





Al día siguiente, realizamos una actividad, muy atractiva, para potenciar la coordinación óculo-manual, que fue trasvasar nueces de una cesta a otra con cucharitas. Algunas se nos caían al suelo y cuando nos agachábamos a cogerlas, pues resulta que se habían ido rodando, rodando y estaban en el otro lado de la mesa. Y nosotros por debajo de las mesas, correteando detrás de ellas. Y luego no queríamos salir.

  
Trasvase de nueces

 
¡Qué dificil!


También son frutos de otoño el maíz, la remolacha, las calabazas, las bellotas, las piñas, todos ellos los tenemos en nuestra mesa de estación. Y lo bueno es que cuando nos apetece, nos acercamos a la mesa y podemos coger lo que queramos, manipularlo, olerlo, palparlo, sentirlo. Eso sí, luego hay que colocarlo en su sitio. 
Así, hemos experimentado que las piñas tienen un tacto áspero, (porque nos rascan la piel), pero los kakis tienen una piel suave; que la calabaza grande pesa mucho y es lisa, pero la pequeña es rugosa y tiene muchos granitos en la piel; que las bellotas tienen un piquito que pincha, que hay unas piñas cortas y otras largas, que los granos de maíz y de la granada son iguales de tamaño pero diferentes de color, que las nueces ruedan por el suelo pero las castañas no...
En fin, un montón de experiencias sensoriales, que han enriquecido nuestro conocimiento y apreciación de los frutos de otoño.

Mesa de estación, el otoño.



La siguiente semana nos enseñaron las frutas de otoño. Esas sí que tienen unas sorpresas fascinantes guardadas dentro. No os lo podéis imaginar: los cakis tienen una estrella, las granadas una flor y las mandarinas una rueda de bicicleta.


Las granadas tienen dentro una flor, bueno dos.

Las mandarinas una rueda de bicicleta

Esta quincena el caqui es la fruta elegida para la toma de media mañana, que la mayoría de los peques no lo habíamos probado antes y ahora nos gusta mucho."Mira, los caquis son de color como la calabaza", dijo uno de los peques, y los demás enseguida fuimos a comprobarlo, "a ver, a ver". Entonces alguien se dio cuenta de que también son del color de las mandarinas, ese color que se llama naranja. Cuando abrimos el caqui y vimos esa estrella tan perfecta que tiene dentro nos quedamos embobados, observándola con una indescriptible sensación de asombro y fascinación. "¿Porqué tiene una estrella?, preguntó Nachete. "Pues porque los caquis son así". Y punto.

Y los caquis una estrella


También nos maravilló la granada. Al abrirla parece una flor, con su color granate tan intenso y llamativo. "¡Y tiene granos!", nos sorprendimos todos. "Como los que come el pollo Pepe", apuntó Iris. Con esa idea sobre la mesa no quedó más remedio que comparar los granos de maíz con los de la granada, y... ¡vaya sorpresas! 
- Estos son blandos.
- Y tienen zumo.
- Y se rompen.
- A ver, yo quiero verlo.

Entonces espachurramos unos pocos granos para ver el zumo, que se parece al vino y nos mancha las manos, y la mesa y el papel. Y, como ya tenemos nuestro poquito de espíritu investigador, pedimos la lupa para observarlos mejor.

- ¿Se comen?- preguntó otra de las peques. Y también probamos la granada. Lo más divertido es que había que sacar los granos uno a uno, y al aplastarlos con los deditos salió un poco de zumo disparado contra la cara de Israel, que le hizo mucha gracia y se reía contento.


¡Qué rica!
Ja. ja, ja. me salpicó en la cara



También probamos las mandarinas y las manzanas. Cuando cortamos la mandarina en dos, Lucía nos preguntó a qué se parece por dentro, y uno de los niños dijo que a "una dueda de la bisiqueta". Luego nos contó que todas esas frutas crecen en los árboles. Y para demostrarlo vimos unas fotos de ella y también de Jorge, cogiendo manzanas de los árboles de su casa y dándoselas de comer al perro.



Las manzanas crecen en los árboles
Y Jorge se las da al perro


Al día siguiente nos organizó una tienda para comprar y vender todas las cosas del otoño, y nos dijo que se llamaba frutería. Nos repartió unos mini billetes de 20 euros y con ese dinerito fuimos a comprar. Dicen Lucía y Vane que el objetivo de jugar a la frutería es afianzar el vocabulario específico, aprender bien los nombres de las frutas. Y también obligarnos a contar y nombrar cantidades pequeñas (hasta dos). 

Pero estas profes están un poco confundidas, porque el único objetivo de una tienda tiene que ser aprender a comprar y vender, como hacen los mayores, que eso sí que es bien divertido. Fuimos a comprar de uno en uno, y después de pedir lo que queríamos, le dábamos el billetito de 20 euros para pagar y ella nos devolvía unas monedas. Entonces tuvimos que elegir, si queríamos que nos devolviera una moneda de dos euros o dos monedas de diez céntimos. Y, naturalmente, todos elegimos las monedas de diez céntimos. Porque a nosotros nos parece que dos monedas de diez céntimos es más cantidad de dinero que una moneda de dos euros, ¿o no? Bueno, todos menos Samira, que se empeñó que ella quería solo la moneda de dos euros. ¿Porqué sería?


Nuestra frutería
Comprar y vender, ¡qué divertido!



Otro día hicimos un taller experimental sobre el viento.
Encima de la mesa, Lucía colocó hojas secas, nueces, papelitos, castañas, piedras, manzanas y calabazas. Nosotros lo mirábamos todo con gran expectación y alguien preguntó si ya íbamos a comer. Pero no, aquello no era para comer. Luego nos dejó unos abanicos, que a lo mejor no lo sabéis, pero sirven para hacer viento. Lo que pasa es que son difíciles de manejar y al final fue la profe quien tuvo que echarle aire a las cosas de la mesa.


     
Piedras, manzanas, nueces, calabazas, y abanicos.

Y entonces, con el aire de los abanicos, las hojas secas y los papelitos empezaron a volarse y se fueron todos para el suelo. Pero las piedras, las calabazas, las nueces, las manzanas...nada, que no se movían. Y venga a darle y darle aire, y seguían sin moverse. Nachete, entonces tuvo una idea: "Yo las soplo fueete". "Y Yo". "Y yo también" . Al final todos empezamos a soplar y soplar (parecíamos el lobo de los tres cerditos), pero seguían sin moverse ni un pelo.

Soplamos y soplamos...



- ¿Qué pasa?¿Porqué no se caen?- preguntó Israel poco menos que enfadado, y todos miramos para Lucía esperando una explicación.
Nos dijo que eso es porque hay cosas que pesan mucho y el viento no puede con ellas, pero las cosas que pesan poco, o se las lleva volando o las tira al suelo. "Vamos a investigar, a ver qué pesa más", nos propuso. Eso sí que nos gustó, porque cuando investigamos descubrimos unas cosas interesantísimas. En una mano nos colocó una hoja seca y en la otra una calabaza, y así, sopesando y comparando, aprendimos la diferencia entre pesado y ligero y porqué los papelitos vuelan con el viento y las piedras, las manzanas y las calabazas no.



Las hojas no pesan, pero la calabaza sí.


El último día fue el más divertido, porque hicimos un poco de teatro vestidos como una castañera.

 



Además de todo esto, aprendimos una poesía pequeñita de Antonio Machado, que se la hemos enseñado a papá y mamá, y una preciosa canción sobre el viento de otoño que sopla sin parar.

¡Vaya bien que lo hemos pasado en la guarde este otoño!

Lucía Antolín.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Otoño llegó. I



Aunque oficialmente el otoño comienza en septiembre, nosotros no hemos comenzado este tema hasta hace dos semanas. La finalidad de este centro de interés es que los niños perciban los cambios que en el entorno se producen con el cambio de estación. En esta edad, los aprendizajes tienen que ser muy ligados a la realidad, porque apenas han desarrollado el pensamiento simbólico, por eso para hablar del otoño es preciso que en el exterior los signos otoñales sean muy perceptibles.


Las dos primeras semanas nos hemos centrado en aspectos climatológicos y del paisaje. Al entrar en el aula lo primero que hacemos es mirar por la ventana para ver qué tiempo hace. Se trata de habituar a los niños a observar su entorno y fijarse en los cambios atmosféricos: hace sol o hay nubes, está lloviendo, sopla el viento, etc. Poco a poco aprenderán a asociar unas características meteorológicas y del espacio natural con una estación determinada, a la que también pondrán nombre. Preguntas como ¿qué pasa cuando llueve?, ¿porqué no se ve el sol?, ¿porqué se mueven las ramas de los árboles?, etc., les llevan a establecer las primeras asociaciones entre diferentes elementos de la naturaleza relacionados con el clima. Incluso relaciones de causa efecto, pues ya razonan que el día que llueve no podemos salir el patio porque la hierba está mojada.

Miramos por la ventana para observar el tiempo climatológico


Una vez identificada la climatología, el niño que le toca ser protagonista ese día elige y coloca en el calendario del tiempo un pictograma que lo representa, mientras verbalizamos: “hoy es día lunes (o martes, o miercoles…) y en el cielo hay nubes”. En ese momento también le cambiamos la ropa a nuestros amigos Rosa y Miguelito, les ponemos paraguas y botas de agua si llueve, o se las quitamos si hace sol.


Calendario del tiempo


Paraguas y botas para Miguelito











Las mañanas de la primera semana en el patio, antes de que empezara a llover, también fueron muy enriquecedoras, pues los peques pudieron observar cómo soplaba el viento, movía las ramas de los árboles y echaba las hojas al suelo. Para los niños ese es el elemento más característico de esta estación, las hojas secas. Armados con rastrillos y palas limpiábamos de hojas el césped, ellos las arrastraban, las cargaban en las palas o en el camión de juguete, las amontonaban, las pisaban, las volvían a esparcir... una tarea interminable y que no les cansaba. Una tarea que fomenta el gusto por el cuidado del entorno, la cooperación para conseguir un objetivo, la responsabilidad de recoger y colocar los materiales, la autoestima al ser capaces de hacer "cosas de mayores"… Una tarea que supone esfuerzo, colaboración, entusiasmo, satisfacción...

Rastrillamos el patio

¡Qué difícil manejar el rastrillo!












Un fin de semana propuse a los papás que salieran al campo con los peques y disfrutaran de la experiencia: pisar las hojas, escucharlas crujir, tirarlas al aire… y recoger algunas para traerlas a la guarde. El lunes siguiente llegaron cargados con sus preciados tesoros: un montón de hojas de varios colores y tamaños, y otras cosas que se encontraron, como piñas, nueces, castañas, bellotas, moras, y, ¡hasta una remolacha! Lo colocamos todo en cestitos pequeños y luego en una caja grande.

Se sentaron alrededor de la caja, primero observando con curiosidad, después tocando con cuidado y preguntando ¿esto qué es? Y al fin, cogiendo en sus manos los diferentes frutos, mirándolos de cerca, apuñándolos, apretándolos, viviéndolos, sintiendo su textura, su dureza, su olor. Fue una experiencia sensorial preciosa, en la que cada uno destacó algo especial.
- Esto pesa mucho- dijo uno de los peques al coger la remolacha.
- Están duras- comentó otro de las nueces.
- Son pequeñas- explicó una niña de las avellanas.
- Lucía, mira, esto es una manzana -me informó otra peque - es pequeña. ¡Y tiene hojas!- comentó asombrada.


Nuestros tesoros

Otro día centré su atención en las hojas secas, “mirad, hay hojas de varios colores, vamos a separarlas: aquí las amarillas, aquí las moradas, aquí las marrones, aquí las verdes…”, y así estuvimos clasificando un buen rato. Me gustó mucho que si un peque se confundía, algún otro compañero le corregía, “aquí no, aquí”. Y es que estas correcciones entre ellos son más efectivas para el aprendizaje que si las hiciera yo.

Algunas veces la clasificación la hicimos en relación al tamaño de las hojas, grandes o pequeñas. Y aconteció una anécdota curiosa con uno de los chiquillos. Cogió una hoja en la mano y dijo "esta hoja es grande", luego la rompió en varios trozos y dijo: “ahora es pequeña”. ¡Toma ya, con la demostración! Esto denota una racionalidad muy avanzada. Luego hicimos una ficha de discriminación visual, en la que había que buscar dos hojas pequeñas entre otras más grandes.

Aquí las amarillas, aquí las marrones...
A este lado las pequeñas, en el otro las grandes


Para ayudarles a visualizar mejor se montó el rincón del bosque en otoño, en el que hay arbolitos de hojas de distintos colores. Aunque, lo que más las atrae de este rincón del otoño no son los árbolitos sino los animales, lo que aprovechamos para decirles que las ardillas comen bellotas, avellanas y nueces, los jabalís ("un gocho feo", en palabras de Samira) comen setas y los osos comen picaculos y bayas. Y los osos,  cuando han comido mucho se van a dormir durante todo el invierno. Lo malo es que también querían saber qué come el lobo ("a Capusita”, me informó Leyre), y el zorro, y los caracoles, y los corzos y…, menos mal que no tenemos más animales.

Uno de los peques se acercó y se puso a soplar "los arbolitos", creo que trataba de imitar el viento cuando tira las hojas de los árboles, porque comentó "estas no se caen". Es cierto, tendré que colocar hojas sueltas sobre los arbolitos para que se caigan al soplar sobre ellos. Por su parte, otro niño parece que se quedó con la historia del oso, porque todos los días me pregunta si ya comió y si se puede ir a dormir. Y si le contesto que sí, que ya ha comido, entonces lo acuesta, y si le digo que no lo vuelve a poner de pie para que siga comiendo. ¡Bendita inocencia!








Los días que ha llovido hemos jugado con los paraguas. En clase los abrimos y vimos que uno era grande y otros dos (que había traído Valeria) eran pequeños. Lo comprobamos porque el paraguas grande es difícil de manejar, tanto que no podemos sujetarlo con las manos. Y también porque debajo del paraguas grande caben muchos niños y debajo del paraguas pequeño solo cabe uno. Esta explicación, que a nosotros nos parece tan tonta, establece relación directa entre dos conceptos matemáticos, tamaño y cantidad, aunque me queda la duda de que todos lo entiendan. Por su parte Valeria nos miraba hacer y les decía a los niños entusiasmada “es mio, es mio”, demostrando su satisfacción y alegría por compartir su paraguas con los demás.

Debajo del paraguas grande caben muchos niños


Debajo del paraguas pequeño solo uno




La última actividad consistió en pintar con los colores del otoño. Otra vez con la brocha en la mano disfrutaron como unos artistas de primera, mientras escuchaban "El otoño" de Vivaldi. ¡Qué tendrá esta actividad que la hacen totalmente concentrados, en absoluto silencio!



Marron, naranja, amarillo, rojo. Colores de otoño.

Y este es el resultado. Una auténtica obra de arte, sí señor. La expondremos en la próxima feria ARCO.

Hemos pintado el otoño


Y para terminar os propongo un juego. Mirad otra vez la fotografía de nuestro bosque. A ver si encontráis el lobo, el oso, una familia de caracoles, un jabalí y su cría, tres ardillas, dos corzos, un buho, un zorro, dos bellotas y tres setas.


Lucía Antolín.


domingo, 25 de octubre de 2015

El pollo Pepe II



Ya hemos terminado el taller del Pollo Pepe, aunque Pepe va a seguir con nosotros todo el curso (y creo que el resto de nuestra vida).Vane y Lucía nos han leído muchas, muchas veces este cuento y ya nos lo sabemos de memoria, pero aún así nos gusta seguir escuchándolo una y otra vez. Y, además ahora, nos lo leen en inglés.
Ahora Pepe nos acompañará todos los días, como un amigo más de la clase, en un mural gigante que hemos realizado entre todos y hemos colgado en la pared. ¡Mirad qué grandote!




El día que lo pintamos fue muy emocionante, porque era la primera vez que pintábamos con brocha y témpera.  Estábamos tan concentrados y tan calladitos que se podía escuchar una mosca. Bueno, de vez en cuando Israel decía ¡Cómo me gusta pintar! Y Yoel le contestaba  -Yo también pinto, yo también pinto. 
¡Que ganas de volver a pintar con las brochas!

Brochas y témpera




Otro día, haciendo pellizquitos de plastilina rellenamos las patas y el pico. Esta actividad es para desarrollar la motricidad fina, dicen Lucía y Vane. Pero nosotros creemos que es para que nuestro pollo Pepe pueda comer toda la cebada, trigo y maíz que él quiera.


Rellenamos el pico con plastilina



Una mañana  hablamos de cómo es un pollo y, haciendo una comparación  tratamos de encontrar semejanzas y diferencias con los niños. Resultó que Pepe tiene dos pies como los nuestros, pero se llaman patas, y también dos ojos, pero cuando le buscamos las orejas y las manos no se las encontramos.
También conversamos sobre  si el pollo habla con su mamá, la gallina Clotilde, y resultó que sí, que el pollo para hablar con su mamá lo que hace es piar, y la mamá le contesta cacareando. Lucía y Vane nos enseñaron cómo lo hacen y después querían que nosotros lo imitáramos. Seguro que se esperaban que la clase se convirtiera en un gallinero alborotado, cacareando y piando a voz en grito, pero no, resulta que no, que hacer "cocococó" todavía nos resulta un poco difícil. Bueno, menos a Iris, que es muy deshinibida y nos hace una gallinita tan simpática que  terminamos riéndonos.


Por fin pudimos saber qué es lo que come Pepe, pero saberlo de verdad de la buena, no solo de palabra.  Porque,  ¿qué es maíz, o cebada, o trigo? A ver cómo se lo explicas a un niño que no la ha visto nunca.  Pues ya lo sabemos. Y todo gracias a la mamá de Samira que nos trajo de su pueblo unas mazorcas de maíz. Lucía las puso a secar al sol porque aún estaban un poco verdes y las semillas no se soltaban.  El día que las desgranamos estábamos muy, muy concentrados, tanto que no dejamos caer ningún grano fuera de las bandejas. Después repetimos varios días esta actividad, perfecta para desarrollar la motricidad fina. Y al final, cuando ya habíamos pelado las mazorcas, Julia se quedó mirando los troncos y dijo: mira, solo quedan los huesos.


¡Vaya concentración!

Solo quedan los huesos

Una mañana, juntando los granos de todas las bandejas  llenamos una bandeja más grande y Lucía quiso que razonáramos si había mucho o poco maíz. Pero no hicimos ni caso, porque lo que realmente nos interesaba era meter las manos una y otra vez dentro, echar los granos al aire y disfrutar de esa novedosa y maravillosa experiencia sensorial. Y es que manipular materiales continuos resulta de un gran atractivo para los peques. 
Bueno,  al final quedó el suelo sembrado de granos, así que sacamos los cepillos y los recogedores y entre todos, disputando  por  utilizarlos, tratamos de dejar el suelo barrido.  Limpiar es una tarea muy entretenida y dice Lucía que lo haremos muchas veces  a lo largo del curso. Aunque  resulte más trabajoso dejarnos limpiar  a nosotros que hacerlo ella,   se trata de conseguir que nos acostumbremos a trabajar en entornos ordenados y limpios, y a adquirir la responsabilidad de  que cuando ensuciamos algo hay que lavarlo después.

No quedó ni un grano


Al día siguiente en otra bandeja nos enseñó cómo son las semillas del trigo, la otra comida de Pepe. Y esas sí que son pequeñas pequeñísimas, tanto que se nos escurren entre los dedos. Otra vez nos pidió observar las bandejas con atención, para saber cuántas semillas había en cada bandeja. ¿Cómo que cuántas? No penséis que teníamos que contarlas, lo que hicimos fue comparar las cantidades y deducir en qué recipiente había muchos granos y en cual había pocos.  Pero ese es un problema muy fácil.


Mucho maíz, poco trigo




Meter las manitas en el maíz, ¡qué divertido!



En el libro, las imágenes grandes del pollo Pepe, de color amarillo, destacan sobre un fondo de color azul intenso. Estos dos colores nos sirvieron para iniciarnos en otra habilidad matemática, la clasificación, separando en diferentes bandejas piezas de construcción de los dos colores. Y hasta el más peque de los peques, que es Jorge, supo hacerlo. Luego, jugamos un rato con las piezas e hicimos torres altas.

Aquí las amarillas, aquí las azules

Y ahora, torres


Una de las actividades más complicadas fue la realización de puzles. Lucía la profe, preparó varios puzzles en cartón duro, algunos de dos piezas y otros de tres y cuatro partes. Al principio, con solo dos piezas, era relativamente fácil resolver, pero cuando pasamos a trabajar con tres piezas, ¡ufff! la cosa se complicó. Y no te digo con cuatro...seguiremos intentándolo.

Lo conseguí.

A mí me sobra una cola
 Otro concepto matemático que aprendimos a través de los colores fue igual-no igual.  Lucía nos presentó varios pollos de color amarillo, que eran todos iguales. Pero de repente, no sabemos de dónde salió, apareció un pollo  Pepe blanco, sí blanco. Y ese, pues claro, si es blanco ya no es igual que nuestro querido Pepe.



Un pollo no igual



De nuevo volvimos a experimentar con el color. Lucía la profe nos dio una hoja con una imagen de Pepe, era grandote y con la barriga bien llena, tumbado patas arriba. Pero, ¿dónde están las patas? No tiene, no están, no hay patas, decíamos nosotros. Pues se las vamos a hacer. Eso sí que fue divertido, nos embadurnó  la mano de pintura de color naranja, después las colocamos  sobre el dibujo, apretamos y...¡oh! ¡Las patas!



Primero una mano...


Y después la otra




Ya tiene sus enormes patas


Pero lo que más nos gustó de todo fue dar de comer a Pepe. Porque Pepe siempre tiene hambre, y a nosotros, que le queremos mucho, nos daba pena. Así que con una cucharita le íbamos metiendo granos de maíz en el pico, y el muy glotón se lo tragaba todo.



Nosotros te damos de comer, Pepe











¡Pero qué tragón eres!





¡Ay Pepe! Ya te lo dice la canción, no comas tanto, que te pones muy gordo y no das ni un salto. Y nosotros te queremos mucho, pero mucho, y no queremos que te pongas malito.