domingo, 28 de febrero de 2016

Carnaval de ilusión.


El fin de semana de carnaval, me encontré con una compañera de profesión, y, al amor de un café, conversamos sobre diferentes aspectos de nuestro trabajo. Me comentó las actividades que ella había realizado en su Escuela Infantil relacionadas con el carnaval: pintar antifaces, pegar gomets en láminas de un payaso, una fiesta en la que los peques iban disfrazados de casa…Le pregunté qué objetivos estaban trabajando y me dijo que bueno, que ella iba planteando actividades relacionadas pero sin objetivos concretos, solo experimentar y disfrutar con la actividad. Esto en sí ya es una excelente motivación, pero creo que, además, se puede aprovechar para introducir otros objetivos pedagógicos. Al menos así lo hacemos en nuestro centro infantil. 







martes, 16 de febrero de 2016

Garabateando emociones

El pasado miércoles, miércoles de ceniza, con la retina de los peques aún poblada de payasos, hadas, animales y toda la retahíla de personajes carnavalescos, decidimos sacar unos cofres con elementos para disfrazarse y dejarlos en el suelo, delante del espejo, de forma que los niños pudieran manipularlos libremente. Algunas mamás nos habían comentado que los peques no habían querido disfrazarse, y no me extraña. (Si pincháis aquí encontraréis un articulo muy interesante que explica el porqué). Pero yo quería observar qué sucede si en lugar de medio-engañarles-obligarles a ponerse un disfraz simplemente les dejamos hacer.

Y así, para nuestra sorpresa, comenzaron a ponerse cosas, combinándolas como mejor les parecía, según sus propias ideas e intereses, aunque no tuvieran mucho sentido: un pollito con túnica de payaso, un parche de pirata con una capa de Caperucita, una peluca de payaso con unas alas de mariposa...


Un pollito con blusa de payaso...
...y un pirata con capa de Caperucita

Uno de los peques eligió un garfio y un catalejo de pirata y estuvo jugando con ello durante un buen rato, imaginando un mar de olas, un barco con “cuedas” (cuerdas), y unos cuantos piratas, y cantando la canción de Patapalo. 

Aquí el pirata Patapalo

Cuando se cansaron de mirarse y remirarse unos a otros, y de contemplarse en el espejo, pidieron bailar la canción del Carnaval (esa que os envié a los papás por whaspp), y la bailamos dos o tres veces. Luego, la actividad fue perdiendo interés y poco a poco se fueron quitando los atavíos carnavaleros y pasaron a jugar a otros rincones.

Al día siguiente la mañana comenzó de igual forma, con los cofres abiertos y los peques eligiendo libremente los elementos que más les entusiasman para jugar a ser Caperucita, El Pollo Pepe, un payaso, La castañera…, o vete tú a saber quién.

Pero sucedió que el chiquillo que había sido pirata el día anterior quiso volver a serlo ese día también y, por tanto, tener en su poder el garfio y el catalejo. Y cuando vio esos objetos en manos de otro compañero, furioso, intentó arrebatárselos mientras le chillaba lloroso “es mio, es mio”. Entonces me coloqué a su altura y le expliqué que los juguetes de la guardería son de todos, y que ahora no podía tenerlos él porque primero los había cogido su amiguito, que tendría que esperarse un poco. 

Al no conseguir lo que quería gruesos lagrimones comenzaron a rodar por sus mejillas, su llanto se volvió compulsivo, y, presa de una tremenda y descontrolada explosión emocional, se tiró sobre la alfombra y pataleando escondió la cabeza entre sus bracitos mientras seguía gritando “es mio, es mio, es mio”.


Me senté en el suelo junto a él e intenté hablarle, pero me rechazó. Seguí sentada a su lado y al cabo de unos minutos volví a hablarle de forma serena, sin alzar la voz, con suavidad. Ahora ya me aceptó a su lado, aunque sin mirarme:
– Estás muy enfadado, ¿verdad?
– Síii, “poque” yo “quedía” eso. (Porque yo quería eso)
– Ya lo entiendo, tú lo querías ahora mismo, y al no poder tenerlo te sientes muy mal.
– Síii, “poque” yo lo “quedía”
– Y te sientes tan mal que te has puesto muy furioso.
– Síii, “poque” yo lo “quedía”
– Claro, y tan furioso y tan enfadado estás que no sabes qué hacer y te has tirado al suelo. Lo entiendo. Pero yo no sé si estás solo un poco furioso o un poco mucho, así que vamos a hacer una cosa, coge este lapicero y enséñame cómo es de grande tu enfado.

Cogió el lápiz entre sus deditos y garabateó con fuerza sobre un folio, tanto que se salía de la hoja y pintarrajeaba la mesa. Yo le dejé hacer y comenté:
– Caramba, este es un enfado muy grande, pero que muy grande. Es un enfado enorme. ¿Quieres seguir dibujando tu enfado?
– Sí – Y coloqué delante de él otro folio, que igualmente llenó de garabatos, aunque esta vez sin tanto furor.


El garabateo (el enfado), va perdiendo fuerza

Cuando le puse delante una tercera hoja para que siguiera garabateando me miró y me dijo:
– No quiero más, ya no estoy enfadado
– ¿De verdad?– Le pregunté – ¿De verdad de la buena?
Y él me miraba sonriendo, con una sonrisa de esas que te indican que la tormenta ha pasado.
– ¿Ahora qué hacemos con tu enfado, lo rompemos y lo echamos a la papelera?
– Sí, yo lo “dompo”.

Mano a mano, entre los dos rompimos los papeles en pedacitos muy pequeños y los tiramos.
– ¿Sabes? – le dije agachándome a su altura y mirándole a los ojos. – Me estoy dando cuenta de que sabes hacer algo muy importante, sabes calmarte tú solo, ¿te has dado cuenta de que ya te has calmado?
– Sí, vamos a decírselo a Vane.

Esta técnica para controlar su enojo ya la he utilizado más veces, por los buenos resultados que da. Al final de esta entrada (Pincha aquí) explico los pasos que hay que dar para enseñar a los peques a regularse emocionalmente. Es muy importante hacerles conscientes de que ellos sí son capaces de calmarse, aunque no hayan conseguido su capricho. Y es más importante todavía que la pongáis en práctica en casa cada vez que en un niño se desbordan las emociones.

Ese día, noté cómo mi peque se henchía de orgullo al comprenderlo y quiso hacer partícipe de ese hecho a los demás. Pues claro que se lo contamos a Vane, la otra educadora, que también le reconoció lo importante que es aprender a tranquilizarse.

Y él, tan orgulloso.


Lucía Antolín

viernes, 12 de febrero de 2016

"Están de nieve"


Hoy los peques han estado raros. No estaban cansados como otros viernes, ni protestones ni guerreros, estaban…raros. Mimosos, sensibles, llorosos. Creo que, en lo que va de curso, es el día que más carantoñas, besos y abrazos hemos repartido. Cogíamos a uno en el regazo y se acercaban otros dos: “y a mí también, y a mí también”. Y se nos metían entre las piernas para acotar un espacio para ellos, queriendo sentirse así destinatarios únicos de nuestros arrumacos. He terminado meciendo a Valeria mientras le cantaba la nana de cuando era bebé: “Pajarito que cantas en la laguna, no despiertes al niño que está en la cuna.."

Hoy tocaba jugar con los balones: chutar, lanzar, pasar, encestar… pero se tropezaban unos con otros a lo tonto y hubo que aplicar más de una ración de Arnidol.
“¿Pero qué les pasa hoy?”, nos preguntábamos. Al final hemos decidido aparcar las actividades programadas y dejar fluir la mañana, siguiendo sus ritmos, siguiendo al niño.

En el baño fue más de lo mismo, se resistían a bajarse el pantalón, a cantar la canción para lavarse las manos, porfiaban por sentarse dos en el mismo sitio... Ni siquiera chapotearon en el lavabo como otros días.
– No quiero hacer pis – lloriqueaba Israel.
– Ya lo sé tesoro, solo te siento en el váter un poquito, pero si no quieres no hagas pis.
– Que no, que no – seguía gimoteando, a medias entre la protesta y el no sé qué es lo que quiero.


Entonces Claudia, la más pequeña del grupo, con su escaso año y medio, se le acercó y se puso a acariciarle. Estas muestras de empatía, esta complicidad, me emocionan. Si los niños son tratados con cariño, si son consolados, besados y abrazos, si son valorados… aprenden a querer a los otros, a abrazar, a consolar…
Israel se sintió reconfortado, y la abrazó, fue un abrazo prolongado, sereno, disfrutado. Ella se dejó querer. Y yo aproveché para dejar constancia de tanta ternura haciendo una foto. Pero, ¡cachis!, terminé con la magia del momento.




A última hora, cuando han venido a recoger a los peques he comentado con las madres esa tontuna generalizada. Y una me ha contestado "es que están de nieve.”
– ¿Cómo dices?
– Que están de nieve.
– ¿Qué significa eso?
– Lo aprendí de las maestras de Villamanín, cuando los niños estaban así de raros decían que “estaban de nieve”. Y no fallaban, al día siguiente, o a los dos o tres días, nevaba.

Hace un rato estaba viendo el tiempo… y anunciaban nieve para el fin de semana. Me acordé de lo que esa mamá me dijo, “están de nieve”.
¿Será verdad que su naturaleza y sus ritmos circadianos presienten el cambio metereológico?

Con mis peques nunca dejo de aprender.

Lucía Antolín

martes, 2 de febrero de 2016

El color amarillo.

Cuando comienza un nuevo trimestre, también se plantean nuevos objetivos educativos en cada una de las áreas del Currículo, pero antes es preciso revisar si todos los alumnos han alcanzado los objetivos educativos del trimestre anterior. Bueno, pues repasando y actualizando anteriores aprendizajes hemos detectado que uno de los peques no acaba de reconocer el color amarillo y tiene alguna dificultad con las clasificaciones.  

Echando la vista atrás nos hemos dado cuenta de que esta circunstancia individual pasaba desapercibida en medio de la actividad grupal. Y es que, a veces sucede que los peques realizan una tarea mirando cómo la hacen sus compañeros, imitándoles, pero sin interiorizarla y sin apropiarse de los aprendizajes que esa actividad lleva implícita.

Y aunque el resto del grupo-clase ya domina este concepto hemos decidido volver sobre ello. No podemos seguir avanzando en la programación mientras haya al menos un niño que no haya alcanzado alguno de los objetivos propuestos, así que volvimos a trabajar sobre el color amarillo y las clasificaciones simples.

Primero fue un taller de pintura, en el que con témpera pintaron unas hueveras. Se trataba de crear algo “útil”, no solo pintar por el gozo que les produce manejar el color y las brochas (que no es poco), sino empezar a tomar conciencia de que son capaces de crear cosas que sirven para algo. 

Cuando hay taller de pintura ellos cantan, conversan, se ríen, se entafarran, disfrutan…y en casa, a las mamás les toca frotar el baby a mano.

 
Amarillo como...


Y, al terminar, como siempre, la parte más divertida fue limpiar las mesas y las brochas y lavarnos las manos. ¡Qué asombro les produce a estos chiquillos comprobar cómo el agua del lavabo se va tiñendo de color!
Al día siguiente esas hueveras amarillas nos sirvieron para clasificar bolas de color amarillo. 

Hasta ese momento, al clasificar utilizábamos objetos de diversas formas y colores. Es decir, en una bandeja se presentaban objetos múltiples de los que había que seleccionar los que fueran de color amarillo. En realidad esto supone trabajar al mismo tiempo con unas cuantas variables como la forma, el tamaño, el color o la textura. Es un nivel bastante avanzado, pero en su momento, cuando empezamos a clasificar lo hicimos trabajando solo con una variable.


Clasificar por color, pero lo objetos son todos diferentes.



Sin embargo, cuando vemos que a alguno de los peques se le hace difícil, o no avanza, es preciso retroceder al inicio (en este y en cualquier otro tema), para tratar de averiguar en qué momento empezaron las dificultades. En este caso, hubimos de volver a clasificar objetos que reúnen una sola característica, esta vez el color amarillo (Mientras las demás variables, el tamaño, la forma, y la textura son iguales para todos los elementos). Repetimos varios días la actividad de las hueveras y finalmente pudimos comprobar cómo este peque lograba avanzar en la distinción de los colores.



Los objetos son iguales, solo cambia el color



Debo decir que lo que de verdad me maravilló fue la actitud de los peques, que, cuando ella se confundía, los que estaban a su lado le decían "así no, así no es”. Y le indicaban la forma correcta de hacerlo. 
Siguiendo a Vigotsky (Zona de Desarrollo Próximo), creo que estas pequeñas correcciones son más trascendentes para el aprendizaje que si las hiciéramos los adultos. Y ello por dos motivos: primero porque el niño que corrige a otro afianza su conocimiento, segundo porque el niño que es corregido lo recibe con naturalidad, desde la paridad de un igual, no desde la relación de superioridad de un adulto.

De hecho, hemos cambiado el sitio en la mesa de algunos peques que van más avanzados y les hemos colocado junto a aquellos que les cuesta más seguir el ritmo. Creo que a través de esa interacción y pequeña conversación que se genera, ese mini scafolding, la adquisición de conocimiento resulta más motivadora, afectiva y efectiva.



¡Que se hace así!

En este segundo trimestre también trabajaremos con más intensidad la motricidad fina, al objeto de que al final de curso sean capaces de sujetar correctamente un lápiz y hacer sus primeros trazos. Dos de las tareas al respecto, que ya hemos realizado varias veces, han sido rasgar papel y hacer pellizquitos de plastilina.

Rasgar papel. Patronizando 



Rasgar papel es muy difícil, pues supone coger el papel con la pinza superior de ambas manos y tirar en sentido contrario. Ha sido preciso patronizar el movimiento para que llegaran a interiorizarlo. Porque lo peor que puede pasar a esta edad es plantear nuevas actividades y dejar que las realicen solos, simplemente mirando cómo lo hacemos nosotros y escuchando nuestras indicaciones. Ante las primeras dificultades ya dicen “no puedo”, y hay que sacarles de su zona de confort y animarles a intentar nuevos retos. 
Por eso, hay que sentarse junto a ellos y uno a uno, enseñarles cómo se hace, sujetando sus deditos, patronizando el movimiento, hasta que lo consiguen. Y, por supuesto, elogiar el “enorme esfuerzo realizado” y la “enorme cantidad de papelitos rasgados”.

Después, entre risas, soplamos los papelitos hasta sembrar el suelo, (“mira, mira cómo volan”) y luego los barremos y dejamos todo limpio.

Hacer pellizquitos con la plastilina también supone usar la pinza superior. En este caso planteamos una tarea colectiva: crear un camino (una fila) de pellizquitos de plasti. 
Cada niño trabaja con un pegote de color diferente al de los compañeros. Con esto se consigue que el esfuerzo de cada uno de los peques no quede diluido en el resultado colectivo, pues cada peque puede identificar fácilmente el producto de su propio trabajo, comprobando, además, que su tarea contribuye a conseguir el objetivo común, hacer una fila de plastilina. De esta forma se potencia el trabajo cooperativo desde pequeños.



Yo de color verde...


...y yo de azul. 



Ya sé que esto supone tener un montón de plastilinas de diferentes colores, pero si queremos hacer las cosas bien tenemos que disponer de una gran cantidad y variedad de materiales.

En fin, seguiremos informando.


Lucía Antolín.